Comencé a dictar estos talleres de creatividad en Nueva york porque me dijeron que lo hiciera. Una tarde luminosa caminaba por una callejuela del West Village cuando supe que debía enseñar a la gente como desbloquearse. Tal vez había sido un deseo expresado por alguien; el Greenwich village tiene una densidad de artistas (con y sin bloqueos) mayor que ningún otro lugar de los Estados Unidos.
Tal vez alguien musitó: ¨Necesito desbloquearme¨.
Y yo contesté al vuelo: ¨Yo sé como se hace¨. En mi vida siempre he recibido esas fuertes directivas internas, que llamo órdenes de marcha.
De todas maneras, en ese instante supe que yo sabía cómo desbloquear a las personar y que eso era lo que yo iba a hacer, comenzando allí y entonces con las lecciones que yo misma había aprendido.
¿De dónde vinieron estas lecciones?
En enero de 1978 dejé la bebida. Nunca había pensado que beber me convertiría en escritora, pero en ese momento se me ocurrió que si dejaba el alcohol también dejaría de escribir. En mi mente ambas cosas estaban asociadas estrechamente. La solución era sobreponerme al miedo y zambullirme en el papel. Era una carrera contra el reloj: escribir antes de que la borrachera se cerrara sobre mí como la niebla y antes de que la ventana de mi creatividad se bloqueara nuevamente.
Al llegar a los 30 años y abstemia, trabajaba en la Paramount, donde había hecho toda una carrera a expensas de ese tipo de creatividad: espasmódica, como un acto de voluntad del ego, una creatividad dependiente de los demás, a borbotones, como la sangre que brota de una carótida seccionada. Después de una década de escribir, todo lo que sabía era tirarme de cabeza contra todos los obstáculos que surgieran de lo que estuviera escribiendo. Si la creatividad era en algún sentido espiritual, lo era en su parecido con la crucifixión. Yo sangraba por las espinas de la prosa.
Si hubiera podido continuar escribiendo a mi antigua y dolorosa manera, todavía seguiría haciéndolo, ya que al salir de la borrachera me encontraba con que había producido, por ejemplo, dos notas para una revista y un guión flamante; pero también me encontraba con una dependencia del alcohol que ya no podía controlar.
Me decía que si la creatividad era el precio de la sobriedad,prefería la bebida. Sin embargo me daba cuenta de que me iba a matar a mí y a mi creatividad. Necesitaba aprender a escribir estando sobria o dejar de escribir por completo. El comienzo de mi espiritualidad fue la necesidad, no la virtud. Me era imprescindible encontrar un nuevo sendero creativo, y aquí es donde comenzó mi aprendizaje.
Aprendí a dirigir mi creatividad hacia el único dios en que podía creer, en de la creatividad, la fuerza vital que Dylan Thomas llamó ¨la fuerza que hace brotar la flor de su capullo¨. Aprendí a no ser el centro de la escena y a dejar que la fuerza creativa me atravesara. Aprendí a aparecer frente al papel en el momento justo y escribir lo que había escuchado. El acto de escribir dejó de parecerme una invención trascendental y pasó a ser algo parecido a un escuchar de soslayo. No era tan peligroso y no explotaba sobre mí. No necesitaba sentirme de buen humor. No necesitaba tomarme la temperatura emocional para ver si venía la inspiración. Simplemente escribía, sin negociaciones. Bueno, malo, nada de esto me concernía. Yo no lo estaba haciendo. Sin sentirme cohibida, escribía libremente.
Mirando mi pasado, me asombra haber podido liberarm,e del drama de ser una artista que sufre. Nada tarda tanto en morir como una mala idea; y dudo que haya ideas peores que las que tenemos acerca del arte. podemos endilgarle muchas cosas a la identidad de nuestro artista sufriente: alcoholismo, promiscuidad, problemas económicos, una cierta cruieldad o tendencia a la autodestrucción en cuestines emocionales. Todo el mundo sabe que los artistas son locos, promiscuos, insolventes y poco confiables. Y si no tuvieran que serlo, ¿cual sería entonces mi excusa?
La idea de que yo podía ser sana, sobria y creativa me aterrorizaba, ya que implicaba la posibilidad de hacerme responsable. ¨Si tengo estos talentos, ¿debería usarlos?¨Sí.
en esa época comencé a trabajar con otro escritor que también se sentía bloqueado. Empecé a enseñarle lo que yo misma estaba aprendiendo: no ser el centro de la escena, dejar que eso fluyera a través de uno, acumular páginas y no juicios. Él también comenzó a percibir los efectos de este trabajo. Ahora éramos dos. Pronto tuve otra ¨víctima¨, esta vez un pintor, y pude comprobar que estas herramientas funcionaban para los artistas plásticos.
Todo se volvió muy interesante; me imaginaba que me estaba transformando en una especie de cartógrafa de la creatividad, encontrando un sendero para huir de la confusión, para mí y para todo aquel que quisiera seguirme. Nunca había pensado en ser maestra. Lo que me enojaba era no haber tenido yo misma un maestro. ¿Por qué tuve que aprender lo que aprendí de la manera en que lo hice: por prueba y error, y dándome contra las paredes? Estaba segura de que debería ser más sencillo enseñar a los artistas. Debería ser posible marcar los atajos y los peligros del camino.
Estos eran los pensamientos que me acompañaban en mis paseos vespertinos, disfrutando de la luz en la ribera del Hudson, mientras planeaba lo que escribiría a continuación. Allí hizo su aparición la orden de marcha: tenía que enseñar.
En el término de una semana, me ofrecieron un cargo para enseñar en el Instituto Feminista de Arte de Nueva York, del cual nunca había oído hablar. Mi primera clase se formó por sí misma: pintoires, novelistas, poetas y cineastas bloqueados. Empecé a trabajar con ellos el material que presento en esta obra, y de esa manera aquella clase fue seguida por muchas otras.
El camino del artista comenzó a partir de unas notas informales que preparé para las clases, tarea que me fue sugerida por mi compañero, Mark Bryan. Cuando se empezó a correr la voz, surgieron personas interesadas en todo ese material. John Giannini, un jungiano peripatético, difundió mis técnicas en todos los lugares donde daba conferencias. Poco a poco, la red de espiritualidad creativa se enteró del asunto y la gente comenzó a escribir desde Dubuque, la Columbia Británica e Indiana solicitando material. Por todas partes aparecieron estudiantes interesados. ¨Estoy en Suiza en el Departamento de estado. por favor, envíeme...¨Y yo respondía.
Los envíos se multiplicaban y el número de ñlos estudiantes aumentaba. Al final, como resultado de un pedido muy insistente de Mark: _Escríbelo todo. puedes ayudar a mucha gente. Debería ser un libro¨-, empecé formalmente a reunir mis pensamientos. Yo escribía y Mark, que para ese momento se había convertido en mi socio y supervisor, me decía lo que faltaba. Seguía escribiendo y Mark me indicaba lo que todavía seguía faltando. Me recordó que habíamos presenciado una cantidad de milagros que justificaban mis teorías, e insistió en que también los incluyera. Volqué al papel todo aquello que había puesto en práctica a lo largo de una década.
Las páginas resultaron un programa de autorrecuperación. Como la respiración boca a boca o la maniobra de Heimlich, estas herramientas son un salvavidas: por favor, úselas y luego páselas.
Con frecuencia he oído decir: ¨Antes de tomar sus clases, estaba totalmente separado de mi creatividad. Tras años de amrgura y pesar, empezó gradualmente a ocurrir un milagro. Retomé mis estudios de teatro, estoy participando en pruebas actorales por primera vez en años, escribo con regularidad y lo que es más importante de todo, me siento finalmente contento de llamarme artista¨.
Es muy dificil transmitir lo que se siente como docente al ser testigo de las transformaciones que se operan en las vidas de los estudiantes. sdurante el curso, era posible notar cambios inclusive físicos, que me hacías comprender que la palabra iluminación tiene un sentido literal. Los rostros de los estudiantes a menudo adquirían un brillo singular al contactarse cvon sus energías creativas. La cargada atmósfera espiritual que impregna una gran obra de arte puede también estar presente en un taller de creatividad. Al ser creativos, la vida se vuelve una obra de arte.
miércoles, 28 de enero de 2009
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